Apretó su cuello con fuerza. Mantuvo. Soltó en el último momento. Segundos después estaba llamando por teléfono.
"He intentado matar a mi mujer, vengan a por mí. Les estaré esperando".
Al rato se iba esposado, ante la atónita mirada de su esposa, pensando que este era el único modo en que ella lo dejaría irse, y aún así no estaba seguro.
El mar estrella sus olas contra la roca con fuerza, y esta se ríe. Es tan poderosa y fuerte que apenas nota nada al sentir el agua a sus pies. Su arrogancia no le permite ver que, poco a poco, se va desgastando. Es ahora el mar quien sonríe.