Mi anciano padre me mira a los ojos. Descubre en ellos al niño que fui. Llora.
Una enfermedad fulminante y degenerativa ataca el cerebro de mi padre y le impide recordar los episodios más recientes de su vida. Sin embargo aún está lo suficientemente lucido como para ser capaz de reproducir conversaciones enteras que ocurrieron hace tiempo. Aún no ha olvidado la alineación de su equipo de fútbol de cuando era un adolescente. A veces confunde a la enfermera con mi madre, ya que esta, cuando era joven y conoció a mi padre era también profesional sanitaria y es cierto que ambas se dan un aire. Es capaz de recordar juegos, precios de artículos, nombres de personas ya fallecidas, y algunas situaciones que ocurrieron en el pasado como el día de su boda, su estancia en el cuartelillo haciendo la mili o cuando me molía a palos con sus manos de maltratador. Hay cosas que aún no ha olvidado. Y por eso me mira a los ojos, descubre en ellos al niño que fui y llora arrepentido, sin recordar que ya le perdoné por ello y que llevábamos una temporada recuperando el tiempo que el odio nos impidió disfrutar.